Y es que la penumbra trae consigo el aire gélido del Norte;
¡Hasta respirar dolía!
Entre magueyes y nopales, el coyote nos rondaba,
por ahí se podían escuchar sus sigilosos pasos.
Mi compañero no movía ni una pestaña,
¡Ni siquiera el vuelo cercano de una lechuza turbó su rostro!
¡Ah que valiente!
Mientras, yo temblaba, ya de frío, ya de miedo.
De repente, algo cálido como un abrazo me cubrió el cuerpo,
viéndome tiritrar se quitó el zarape y me lo puso encima,
¡Ahora si mijita, a dormir tranquila!
